Lo Escabroso dentro de Nosotros

Actualizado: 4 dic 2020

(Sobre el género del terror, como catalizador de reflexiones e introspección).



Por Simón Sierra Ramírez, 16 años. Bogotá

@simonsierra20


El terror, como género propio de la ficción moderna, pretende, esencialmente, asustar. Para algunos, una afirmación tan aparentemente simple correría el riesgo de caer en una generalización inexorable, pero, aún cuando es claro que esas historias escalofriantes que nos atormentan en noches solitarias son algo más que solo sustos, sus consecuencias pueden resumirse en eso, en que nos asustan. Esa sensación indescriptible que nos hiela la sangre, ese cosquilleo que sube lentamente por nuestra espalda y nos hace retorcernos en agonía y desesperación, es un requisito no necesario, pero definitivamente valioso, para que el terror como género logre su cometido fundamental. Si bien existen narrativas que se contentan con la visceralidad del estado recién descrito, existen también autores cuyas creaciones utilizan las posibilidades del terror para transmitir multitud de conceptos intrínsecos a la condición humana como tal. Y, ¿Acaso no es esa trascendencia eso que determina cuáles narraciones se hacen parte de nosotros, hasta llegar a definirnos como personas? La magia de la ficción, es que puede hacernos entender infinitas cosas más allá de eso que explícitamente nos muestra.


Nos es coincidencia, por ejemplo, que las criaturas ficticias que nos resultan más estéticamente desagradables son aquellas que, extrañamente, más se asemejan a nosotros.

Esta característica única de las narraciones humanas, es explorada a profundidad por Aristóteles en su Poética, donde caracteriza los elementos principales de las tragedias de Sófocles. Aunque en principio una comparación entre el teatro griego y el terror moderno puede parecer innecesaria, la conceptualización aristotélica de la tragedia mantiene similitudes esenciales con los rasgos principales de las narrativas terroríficas que nos conciernen. La tesis esencial planteada en la Poética, enuncia que, en una narrativa trágica, el enfoque gira completamente en torno a la acción como elemento independiente. Los personajes se subordinan a las connotaciones de los acontecimientos, hasta el punto en que podrían ser reemplazados por un individuo cualquiera. La verosimilitud se suspende en la dimensión narrativa, y el objetivo de la narración se transforma hasta el punto en que el comunicar realidades humanas inexorables surge como propósito esencial. Según Aristóteles, dichas realidades deberían tener alguna función pedagógica en el espectador, pero es precisamente aquí donde el terror toma un giro inesperado, y se define como género independiente.


El enfoque de las narraciones de terror es la acción como herramienta para comunicar un malestar personal. La tragedia trata de prevenirnos y de enseñarnos prudencia, el terror, por otro lado, nos enseña lo que somos en realidad. Nos es coincidencia, por ejemplo, que las criaturas ficticias que nos resultan más estéticamente desagradables son aquellas que, extrañamente, más se asemejan a nosotros. El terror que percibimos no es otro que aquél tenemos por dentro.


Aún cuando mencioné anteriormente a las criaturas viscerales como parte de mi argumentación, el ejemplo que me dispongo a plantear está lejos de ser una narración convencional con algún ente terrorífico material y evidente. Me refiero a la película “Get Out” (2017). dirigida por Jordan Peele. Más allá de ser exclusivamente una producción de terror, la película fabrica una sátira implícita paralela al desarrollo de la trama, que pretende reflejar valores presentes en el mundo que habitamos. En una escena particularmente arrolladora, el protagonista se encuentra estrangulando a uno de los “villanos” principales, a una mujer a quien una vez consideró cercana y confiable, pero que en realidad era el artífice de los macabros acontecimientos ocurridos a lo largo de la trama. El punto crítico de esta secuencia, ocurre cuando vemos llegar a un coche de policía. Resulta contradictorio que la aparición de una figura de “seguridad” externa empeore una situación violenta como la que nos concierne, sin embargo, debemos tener en cuenta que el protagonista en este caso es un hombre negro. Inconscientemente, asumimos que la situación no terminará bien, pues la parcialización de la justicia en países determinados es una realidad innegable.



Nuestros prejuicios son cuestionados, y la crudeza de nuestra realidad se expone claramente.

En la sociedad contemporánea que habitamos, la segregación cultural se ha banalizado hasta el punto en que un acto de racismo aparece como la predicción más racional frente a un suceso determinado, y el predecir un resultado catastrófico es precisamente lo que nos vemos inclinados a hacer frente a la escena en cuestión. Pero, es esta misma normalización aquél elemento que hace esta escena tan horrorífica: Nos hemos acostumbrado a la parcialización de la justicia como algo de todos los días, hemos llegado a aceptar la segregación y el racismo sistémico como parte de la cotidianidad que nos envuelve. No se trata de ignorancia o desconocimiento, es cuestión de simple indiferencia. En esencia, la banalidad con la que relacionamos los elementos de una situación para predecir un resultado aún más violento y escabroso es aquello que debería asustarnos más que cualquier otra cosa. Nuestros prejuicios son cuestionados, y la crudeza de nuestra realidad se expone claramente.


Entrando un poco en la narrativa gráfica como vehículo literario, es evidente que este medio no está exento de reflexión similares a las descritas en “Get Out”. Como ejemplo ilustrativo de dicha afirmación, encontramos “From Hell” (1989) de Alan Moore y Eddie Campbell. La obra comprende una especie de ficción histórica, que retrata una teoría hipotética acerca de los macabros asesinatos de Whitechapel en el siglo XIX, utilizando una amplia gama de documentación histórica para retratar una versión verosímil de los acontecimientos. El hecho de que una superposición entre realidad y ficción se preste para generar una historia tan cruda y horrorosa, es de por sí un claro indicador de que el terror con el que convivimos a diario es muchas veces más impactante que cualquier otro.



De la obra de Alan Moore, vale la pena mencionar una secuencia específica de paneles que aparece en los primeros capítulos, donde la crítica social del autor frente a la realidad histórica se hace evidente. En dicha sucesión de viñetas, se establece un paralelo entre el amanecer de Sir William Gull (Médico y real y responsable de los asesinatos), frente al de una prostituta en Whitechapel. En un principio, se hace evidente el contraste estético que el artista plantea para acentuar la comparación, pues mientras las viñetas con Gull contienen un trazo suave y difuminado que parece ser producto de diversas técnicas de acuarela, el panorama en Whitechapel está lleno de líneas agresivas y colores fuertes, que acentúan el esfuerzo diario que los miembros de clases sociales menos favorecidas se ven forzados a realizar si desean sobrevivir. La tesis principal de la narración, expuesta en la introducción de la obra, se encuentra resumida en este pequeño apartado: Las raíces de la historia penetran incluso en nuestra cotidianidad actual, trayendo múltiples problemáticas banalizadas consigo. La ignorancia frente a acontecimientos tan macabros como los asesinatos de Whitechapel, nos hace ciegos a los dilemas sociales que enfrentamos en la actualidad.


Los horrores del terror son tan efectivos, precisamente porque tienen sus orígenes en todo lo escabroso que hay dentro de nosotros.




TALLER: APRECIACIÓN DEL TERROR EN LA NG

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